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Andrés Calamaro presentó “Cargar la Suerte” en San Luis



ANDRÉS CALAMARO presentó en San Luis CARGAR LA SUERTE y gran parte de sus creaciones en lo que fue una fiesta de rock, entre amigos, familiares de varias generaciones y simpatizantes de un cancionero que iluminó varias décadas de la música nacional.


Miles de puntanos y visitantes de localidades aledañas se dieron cita en las tribunas del estadio Ave Fénix para tatuar en su alma la mejor imagen que los representará en el futuro, cada vez que vuelvan a escuchar el repertorio del Salmón y revivan qué sensaciones les quedaron en esa velada.


Comprensivo (la lluvia no iba a detener el concierto), ameno, charlatán, didáctico y capeador (¡la lluvia no iba a detener el concierto!), Andrelo salió al toro y apareció como un Johnny Cash argento, totalmente de negro y con una bandana con calaveras. A fuerza de guitarras, entre una intro pesada y los acordes de Alta Suciedad todos sintieron que la espera terminó.


Y aunque tomó camino por la derecha del escenario, hacia los técnicos, parecía que el Cantante iba por una guitarra pero en toda la noche sólo fue de las teclas de sus Roland y Rhodes a caminar el escenario con su micrófono, custodiado por atriles y teleprompters (que desaparecieron ante la amenaza del agua incesante), y enfrentando el agua.


“Buenas noches, encantados de estar en el punto de la sierra comechingona”, saludó, y presentó su nuevo cd de las que tocó Falso LV, Cuarteles De Invierno y Tránsito Lento “en la provincia de las 100 guitarras de San Luis”, conjunto a quienes mencionó varias veces.

Cada tema fue festejado al escuchar los primeros acordes delatores. A Los Ojos de Los Rodríguez, En Algún Lugar Encontraré varias lágrimas corrieron por las mejillas sin pedir permiso, tras Me Arde presentó a la banda y el equipo técnico, invitó a visitar ‘el chiringuito’ -la mesa del merchandising- y ante la aparición de relámpagos, que ocasionaban gritos, siguieron con Cuando No Estás.


Tremendo en All You Need Is Pop (“dedicado a todas los maricas de San Luis”), Tuyo Siempre fue de corte popular, los coros en Loco se volvieron ídem, y durante Crímenes Perfectos cayó agua con más fuerza. “Vamos a resistir estoicamente”, avisó mientras reacomodaban el set instrumental, y emitió unas notas de “Amor de Primavera” con la pista



“¿Quieren seguir?” y ante el bramido general que le respondió: si, “preguntaba nomás”, dijo ante la risa cómplice de sus compañeros. “Que no se mojen los celulares, después está la salud”, bromeó. “Estamos sacando músculos en contra de esta lluvia” dijo para anunciar El Salmón, ante una cortina de agua. Escenas de llanto emocionado, histeria en las tribunas y cantos a garganta pelada a lo largo del anfiteatro con Estadio Azteca (que mechó con Los Mareados) con un videoclip con las mejores jugadas de Diego Armando Canciones… Maradona. Con La Milonga del Marinero y el Capitán & Sin Documentos, bailó en pantalla el embajador del flamenco Joaquín Cortez.


Hubo tres pantallas que en pocas ocasiones estuvieron apagadas -en los cortes y poco más- pero cada vez que brillaron, hubo mensajes intercalados. Como en Los Chicos, que al terminar ofreció su homenaje a Federico Moura, Miguel Abuelo, Sandro, Pappo, Aníbal “Pichuco” Troilo, Carlos Gardel, Gustavo Cerati, Juan Gabriel, Luis Alberto Spinetta, sus compañeros en Los Rodríguez Julián Infante y Guillermo Martín, y otros nombres ilustres, hasta Kurt Cobain, a quien le pidió prestado los riffs de “Smells Like Teen Spirit” de Nirvana, y cerrar como es costumbre hace varios años, con “De Música Ligera”.


Lejos de la farsa de esperar los aplausos y el “una más y no jodemos más”, volvieron sin que se los pidieran. “Cuando llueve hay que tocar: no hay Plan B”, comunicó. “¡Qué reencuentro! San Luis, ciudad de las 100 mil guitarras”.


Todos de negro, también el Cantante, a su lado se lucía el guitarrista Julián Kanevsky, con sombrero y botas texanas. En su amplificador se vio una estatua del gauchito amigo. Julián, a cargo de una febril digitación, aportó las dosis necesarias de rock denso que tanto necesitaban sus clásicos, y a la vez las calmas notas de las baladas que tanto se corearon.


Como una movida de ajedrez, cada imagen proyectada, fraseo agregado a alguna canción y hasta los dichos tuvieron su razón de decir. Un corpiño voló a sus pies y Andrés lo colgó en el pie del mic. “Esto es alegría”, dijo con una sonrisa Andrelo, que tenía al Gauchito Gil en el pecho y a Pugliese en el estuche del teclado. El Cantante salió al frente a tomar el toro en una corrida que había ganado antes de entrar. Patrón de su propia voluntad, Calamaro siguió al timón de una marea que controló a base de versos por todos conocidos, con el contramaestre Germán Wiedemer en teclados, que generó melodías que creaban comunión entre los fans, algunos abrazados, y miles con las manos al aire formando olas.


Sostenidos por una base rítmica perfectamente ensamblada entre Mariano Domínguez en bajo, con lennoninanos anteojos redondos y perfecta digitación, y Martin Bruhn, el batero con auriculares que oficiaron como vincha a sus insujetables rulos, que ondulaban impenitentes a cada golpe de baqueta.


El final llegó con Flaca y un coro colectivo que fue in crescendo hasta el cierre.


CALAMARO estuvo feliz y lo demostró siempre, incluso cuando no estaba tocando. Uno de los organizadores, Víctor Sosa contó que nunca se movió del hotel pero se sacó fotos y firmó autógrafos con quienes lo esperaron en la puerta. “Estuvo muy bien y educado, y todo su equipo tuvo muy buena onda. Se fueron fascinados con nuestro trabajo”, resaltó el responsable de Manager Group, junto a su hermano Diego, que al igual que el salmón (el pez, no Andrés) también nadan contra la corriente en sus producciones.


Dicen que hay un mundo de tentaciones… dejémonos caer. Alguien agitaba a los gritos una remera con la efigie de Héctor Lavoe pero por más que lo pidió, El Cantante no formó parte de la lista de temas. Un chabón de rulos iba y venía saltando al lado de la reja aún en las baladas; una señora del Vip levantaba sus brazos cada vez que escuchaba una frase que le gustaba; un amigo le mandaba fotos a sus colegas desde la otra punta de la tribuna, y una tenía el vestido más horrible de todo el tendido, pero ella lo sabía y no le importaba. En las escaleras una pareja bailó un lento olvidando que miles de personas las rodeaban, mientras que una madre y su hija quinceañera se permitieron llorar abrazadas. Uno, que tenía un buen celular (y mucha batería y una gran memoria) filmó el show mientras que cerca suyo, otro tenía su móvil en alto, mandándole las sintonías a quien estaba atento desde el auricular. Seguramente alguno disimuló sus lágrimas con la lluvia imperante, pero muchos las dejaron fluir.


Todo eso y muchísimo más sucedió esa noche en San Luís… y está bien ¿para qué buscarle explicación a la pasión si cada cual la vive como quiere? El Comandante fue el nexo que transportó a todos a sus mejores recuerdos, que se transformaron en momentos inolvidables. Siempre siguió la misma dirección.


No sé lo que quiero, pero sé lo que no quiero: que se termine. Fue una noche para no olvidar, precisamente en el Día de la Música, cuando Santa Cecilia bendijo al Artista para que a través suyo nos llegara un repertorio que todos adoptamos.